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11 de febrero de 2026 - 09:51
Mundo.

El legado de Bernadette en Lourdes: de gruta olvidada a santuario mundial

Entre febrero y julio de 1858, una joven dijo ver a la Virgen 18 veces. De allí surgieron el manantial, relatos de curaciones y un santuario de alcance mundial.

Redacción de TodoJujuy
Por  Redacción de TodoJujuy

Este 11 de febrero se conmemora una de las advocaciones marianas más veneradas por fieles católicos en todo el planeta: la Virgen de Lourdes. Sus santuarios y réplicas de grutas se replican en numerosos países, incluida la Argentina. Lourdes trasciende su ubicación geográfica en el sudoeste de Francia y supera la idea de ser apenas una parada clásica del circuito de peregrinación europeo.

Desde hace más de 150 años se consolidó como un espacio cargado de significado, donde espiritualidad, diseño arquitectónico, dolor, confianza y avances de la vida contemporánea se entrelazan en un equilibrio constante.

La historia de fe y humildad de Bernadette.

Una adolescente en los márgenes que cambió la historia de Lourdes

En ese lugar, en el año 1858, una joven humilde, sin instrucción formal y aquejada de asma, llamada Bernadette Soubirous, aseguró haber presenciado la manifestación de “una Señora” dentro de una cueva húmeda y apartada, situada a la vera del río Gave. Aquellos episodios —que sumaron dieciocho encuentros— marcaron el inicio de uno de los centros de peregrinación más concurridos del cristianismo y dieron forma a un conjunto edilicio que se fue expandiendo con el tiempo, superponiendo etapas, del mismo modo en que las ciudades se transforman impulsadas por los acontecimientos y la fe popular.

Las manifestaciones marianas en Lourdes ocurrieron entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858 y tuvieron como figura central a Bernadette Soubirous, una adolescente de apenas catorce años, hija de un molinero venido a la ruina, sin alfabetización y con una salud delicada.

La niña que vio a la virgen 18 veces y transformó a Lourdes en un santuario universal.

El entorno en el que vivía no es un detalle secundario: Bernadette formaba parte de los sectores más postergados del pueblo, habitaba junto a su familia en un único ambiente llamado el cachot —un antiguo calabozo comunal— y no tenía vínculos con personalidades capaces de construir una historia funcional a la Iglesia o a las autoridades. Justamente esa condición periférica hizo que su relato generara incomodidad y, al mismo tiempo, resultara complejo de desacreditar.

Las primeras visiones y el nacimiento del manantial

El primer episodio tuvo lugar cuando Bernadette se dirigió a la gruta de Massabielle para recolectar ramas secas, acompañada por su hermana y una amiga. Mientras las otras dos atravesaban el arroyo, ella se demoró y escuchó un sonido “como de viento”. Al levantar la mirada, distinguió a una muchacha vestida de blanco, con una faja celeste y una rosa amarilla apoyada sobre cada pie. En ese instante, la aparición no pronunció palabra.

Bernadette comenzó a rezar el rosario y la figura imitó el movimiento de las cuentas, aunque sin mover los labios. Desde aquella primera experiencia, los encuentros se caracterizaron por su sencillez: no hubo proclamaciones pomposas ni mensajes teológicos elaborados.

Entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858, las apariciones marianas a la joven Bernadette Soubirous dieron lugar a un fenómeno religioso que también modeló la ciudad.

A medida que transcurrían las jornadas, los episodios volvieron a producirse y cada vez más personas se acercaban al lugar. La Señora solicitó rezos, actos de penitencia y la edificación de una capilla en ese sitio. En una de las manifestaciones más enigmáticas, le indicó a Bernadette que removiera la tierra de la gruta y bebiera de lo que surgiera allí.

La joven acató la orden y, bajo la mirada incrédula y hasta burlona de quienes observaban, empezó a hurgar en el fango. De aquella acción sencilla comenzó a emerger un pequeño caudal de agua opaca que, con el correr de las horas, se convirtió en una fuente transparente y permanente.

Así nació el manantial de Lourdes. Desde entonces, el agua ocupa un lugar fundamental dentro de la espiritualidad que rodea al santuario.

Hoy, 11 de febrero, es el día de una devoción mariana muy querida por católicos de todo el mundo.

El agua no fue planteada como un elemento sobrenatural en sí mismo, sino como una señal cargada de sentido. La propia Bernadette jamás sostuvo que el manantial tuviera virtudes milagrosas automáticas. Se enjuagaba la cara, bebía de él y repetía acciones sencillas, casi cotidianas. Con el paso de los años, comenzaron a difundirse testimonios de sanaciones que los creyentes vincularon con su utilización.

El reconocimiento oficial y el significado del agua

La Iglesia, con cautela, dispuso un procedimiento médico y jurídico-canónico sumamente estricto para validar oficialmente un milagro. Ese mecanismo sigue vigente en la actualidad y es la razón por la cual solo un número reducido de casos ha recibido reconocimiento formal.

El punto culminante de las visiones se produjo cuando la figura femenina dio a conocer su identidad: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Bernadette desconocía el alcance de esa frase, proclamada como dogma por la Iglesia apenas cuatro años antes. Esa declaración resultó determinante para que las autoridades eclesiásticas validaran lo sucedido.

Las apariciones de la Virgen en Lourdes se desarrollaron entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858.

Desde entonces, Lourdes quedó inseparablemente ligada al manantial que surge de la piedra y a una espiritualidad que se manifiesta en acciones sencillas: beber, asearse, avanzar en peregrinación, orar. En esa unión entre lo físico y lo trascendente, el agua continúa representando el emblema central del mensaje de Lourdes.

Dado que, según el relato, la Señora pidió que se erigiera un santuario en ese sitio, la solicitud fue atendida. La primera estructura destinada al culto resultó modesta y prácticamente provisional. Luego de que el obispo de Tarbes reconociera oficialmente las apariciones en 1862, se construyó una capilla pequeña encima de la gruta, asentada directamente sobre la roca.

Fue una respuesta concreta al encargo atribuido a la Virgen: “Que se construya aquí una capilla”. Aquella obra inicial, simple y despojada, marcó el origen de todo el complejo posterior. No estaba concebida para grandes concentraciones ni ceremonias multitudinarias. Se trataba de un ámbito recogido y delicado, en diálogo directo con el punto preciso donde, según la tradición, ocurrieron las manifestaciones.

Bernadette pertenecía a los márgenes sociales de Lourdes.

De pequeña capilla a complejo internacional de peregrinación

Con el correr del tiempo, Lourdes dejó de ser un hecho local para convertirse en una auténtica convocatoria multitudinaria. Empezaron a arribar fieles desde distintos puntos de Europa y, posteriormente, desde todos los continentes. Entre ellos había personas enfermas, colaboradores, religiosos, visitantes movidos por la curiosidad e incluso incrédulos.

La magnitud de esa afluencia obligó a estructurar y ordenar el movimiento constante de gente, lo que impulsó la creación de un vasto conjunto de iglesias y espacios de culto interconectados, que hoy conforman el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes.

En ese ámbito coexisten corrientes estéticas, períodos históricos y miradas arquitectónicas diversas, como si cada época hubiese impreso su marca propia sin borrar por completo la identidad heredada de las anteriores.

El agua de la gruta de Lourdes se ha convertido en un símbolo de fe y milagros para fieles de todo el mundo.

Por encima de la gruta se alza la Basílica de la Inmaculada Concepción, también llamada basílica superior. Construida en estilo neogótico y coronada por una aguja fina que sobresale en el horizonte, fue inaugurada en 1876. Su diseño vertical invita a levantar la vista, a apartarla de la humedad de la roca y orientarla hacia el cielo.

A sus pies se sitúa la Basílica del Rosario, abierta al culto en 1901. Inspirada en el arte bizantino, despliega grandes mosaicos que representan los misterios del rosario. Entre ambas construcciones se establece un contraste simbólico y visual: mientras una se proyecta hacia arriba, la otra se expande horizontalmente, como si acogiera y rodeara a los peregrinos.

La respuesta del siglo XX: un santuario para las multitudes

Sin embargo, Lourdes no permaneció detenida en el siglo XIX. El crecimiento exponencial de peregrinos durante el siglo XX llevó a proyectar infraestructuras de una escala inédita. De ese impulso surgió el Santuario de San Pío X, una construcción que quiebra los moldes estéticos tradicionales del conjunto.

Retrato de Bernadette Soubirous.

Inaugurado en 1958, en el marco del centenario de las apariciones, este enorme templo bajo tierra tiene capacidad para albergar alrededor de 25.000 fieles sentados. Su diseño prescinde de columnas que interrumpan la visual, no recurre a vitrales clásicos ni a decoraciones recargadas, y apuesta por una arquitectura funcional pensada para las multitudes.

Se trata de un ámbito práctico, de líneas austeras y cercanas al brutalismo, concebido para celebraciones con multitudes. El Santuario de San Pío X representa, en su propio lenguaje, una solución brillante. No pretende seducir desde la estética tradicional, sino dar respuesta a una necesidad puntual: cómo vivir la liturgia en comunidad cuando esa comunidad reúne a decenas de miles de personas.

El techo bajo, apoyado en una intrincada estructura de cemento armado, produce una atmósfera envolvente, similar a la de un abrigo protector. Allí la espiritualidad no se proyecta hacia lo alto, sino que se condensa. Es, en cierto modo, una catedral al revés: más parecida a un hangar que a una iglesia gótica, pero plenamente acorde con la sensibilidad arquitectónica de su época.

Dibujo realizado sobre daguerrotipo del funeral de Bernadette.

Arquitectura contemporánea y regreso al silencio fundacional

Es un recinto de carácter utilitario, con trazos sobrios y una impronta cercana al brutalismo, ideado para albergar ceremonias masivas. El Santuario de San Pío X encarna, en su propia lógica constructiva, una respuesta eficaz. No apunta a conquistar por su belleza clásica, sino a resolver un desafío concreto: celebrar la fe en clave comunitaria cuando los fieles se cuentan por decenas de miles.

Su cubierta baja, sostenida por una compleja trama de hormigón, genera una sensación de contención, casi de resguardo. En ese ámbito, la vivencia religiosa no asciende, sino que se concentra. Puede pensarse como una catedral invertida: más próxima a un galpón de grandes dimensiones que a una nave gótica, pero coherente con el espíritu y las búsquedas arquitectónicas de su tiempo.

Se trata de un templo propio de nuestro tiempo, que reivindica la quietud como virtud y la introspección como parte esencial de la experiencia espiritual. La iglesia de Santa Bernadette fue concebida para ceremonias de escala reducida, reuniones pastorales y espacios de oración íntima.

El manantial original como se expone en la actualidad en la gruta de Lourdes, Francia.

Su propuesta arquitectónica expresa una mirada actual que se aparta de las grandes construcciones imponentes y privilegia el vínculo directo y personal del fiel con lo sagrado. En ese punto, dialoga de manera elocuente con el nacimiento mismo de Lourdes: todo empezó con una joven aislada, en recogimiento, ante una gruta humilde. De algún modo, la arquitectura contemporánea parece regresar a esa escena fundacional.

En medio de la inmensidad del santuario existe un ámbito que muchos visitantes no advierten, aunque posee una carga simbólica profunda: la Capilla del Santísimo Sacramento. Fue el único sitio del predio al que acudió Santa Bernadette tras las apariciones, cuando ya había abrazado la vida religiosa. Allí, apartada del bullicio y de la atención pública que alguna vez la rodeó, buscaba silencio y oración.

Ese oratorio mantiene un clima de recogimiento que se opone a la escala monumental del resto del complejo. Actúa, en cierto modo, como una señal incómoda que interpela y devuelve la mirada hacia lo esencial.

La historia de fe y humildad de Bernadette.

Entre la fe íntima y el fenómeno global

Lourdes trasciende los edificios, los números de visitantes y los expedientes que avalan curaciones. Es, ante todo, el relato de un recogimiento profundo, de sencillez y de una creencia practicada sin alardes. Bernadette falleció siendo muy joven, en un convento de Nevers, distante de aquella gruta que la convirtió en una figura conocida.

Jamás obtuvo provecho del movimiento espiritual que, sin proponérselo, puso en marcha. Quizás por eso su presencia continúa en el centro de la historia: porque no se diluye en la estructura que se levantó a su alrededor. En la actualidad, el santuario convoca a millones de peregrinos cada año.

Hay quienes arriban con la esperanza de sanar el cuerpo; otros persiguen consuelo interior o alguna señal que oriente su vida; también están los que solo desean descifrar qué fuerza mantiene vigente a este sitio. Recorren amplios espacios abiertos, toman parte en vigilias iluminadas con velas, bajan al santuario bajo tierra y hacen una pausa ante la cueva donde el manantial continúa fluyendo.

Entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858, las apariciones marianas a la joven Bernadette Soubirous dieron lugar a un fenómeno religioso que también modeló la ciudad.

En ese escenario se entrelaza todo: la religiosidad sencilla del pueblo, el engranaje organizativo que sostiene a las multitudes, propuestas arquitectónicas de gran impacto y la actividad comercial que inevitablemente acompaña.

Los acontecimientos de Lourdes, independientemente de la fe de cada uno, supusieron un punto de inflexión en el vínculo entre la experiencia religiosa y la modernidad. Desde el inicio fueron registrados por escrito, sometidos a peritajes y objeto de intensos debates públicos.

A partir de ellos se configuró uno de los mecanismos más estrictos de la Iglesia católica para analizar y validar supuestas intervenciones milagrosas. Y, casi de manera inesperada, terminaron impulsando el surgimiento de una auténtica ciudad santuario: un ámbito que conjuga dimensión espiritual y realidad sociológica en un mismo escenario.

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