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21 de septiembre de 2026 - 13:16
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Murió Carlos Alonso, una figura clave del arte argentino y de la memoria colectiva

A los 97 años falleció el reconocido artista mendocino, cuya obra atravesó la condición humana, la violencia y las heridas de la historia argentina.

Redacción de TodoJujuy
Por  Redacción de TodoJujuy

A los 97 años murió Humberto Carlos Alonso, en su casa de Unquillo, Córdoba, donde había encontrado su lugar de resguardo. Su partida no significó únicamente la pérdida de una producción artística de dimensiones extraordinarias, sino también la desaparición de una figura cuya trayectoria estuvo atravesada por principios humanos firmes.

Pintor, dibujante, grabador e ilustrador de enorme talento, Alonso construyó a través de su obra un registro visual de los sentimientos, la belleza y los dramas más hondos de la Argentina. Con un lenguaje expresionista en el que confluyeron la destreza artística del Renacimiento y la aspereza característica del siglo XX, Humberto Carlos Alonso hizo de su producción una forma de resistir al paso del tiempo y combatir el olvido.

A lo largo de su trayectoria, pasó de ilustrar reconocidas obras de la literatura universal a plasmar en sus pinturas el dolor provocado por la dictadura militar, que terminó con la vida de su propia hija. Así, transformó cada obra en un espacio capaz de preservar el sufrimiento humano y convertirlo en parte de una memoria colectiva que trasciende lo personal.

De Tunuyán a los maestros del Norte

Carlos Alonso nació el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, y desde sus primeros años mostró una marcada vocación por el dibujo, una actividad que despertó en él un interés profundo desde muy joven.

Su recorrido por la formación artística formal tuvo lugar en la Universidad Nacional de Cuyo, donde tuvo como maestros y referentes a reconocidos exponentes de la disciplina, entre ellos Lino Enea Spilimbergo, Sergio Sergi y Lorenzo Domínguez.

Entre todos sus maestros, Spilimbergo fue quien dejó una huella más profunda en su formación. De él incorporó tanto la precisión de las estructuras geométricas y la concepción del dibujo como elemento fundamental de la pintura, como una fuerte conciencia social y una postura de compromiso permanente frente a la realidad política argentina.

Ya en los primeros años de la década de 1950, luego de obtener el Primer Premio del Salón de Pintura de San Rafael, Alonso emprendió un viaje hacia el Norte argentino y, más adelante, se instaló en Tucumán, continuando el recorrido que anteriormente había realizado su maestro Spilimbergo.

Frente a la intensidad y la dureza de aquel entorno, la pintura de Alonso fue adquiriendo una impronta cada vez más expresionista y comprometida con la crítica social. Su mirada dejó de concentrarse exclusivamente en la representación del paisaje para adentrarse en problemáticas como la explotación de los trabajadores rurales, la pobreza y la vulnerabilidad de la condición humana.

En 1957, luego de establecerse en Buenos Aires, Alonso fue elegido para llevar adelante un importante proyecto de la editorial Emecé: la realización de las ilustraciones correspondientes a la segunda parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Para cumplir con aquel proyecto, Alonso viajó y se radicó temporalmente en Londres, donde se dedicó de lleno a la elaboración de las ilustraciones. Su particular manera de abordar el Quijote no solo amplió su reconocimiento más allá de las fronteras argentinas, sino que también marcó un nuevo rumbo para la ilustración literaria.

Sus dibujos trascendían la simple representación de las escenas narradas: funcionaban como una segunda lectura de la obra, en la que el idealismo y la locura propios del universo cervantino se enfrentaban y dialogaban con las inquietudes del mundo contemporáneo.

Literatura y alegoría social

Uno de los aspectos más característicos de la obra de Carlos Alonso durante las décadas de 1950, 1960 y 1970 fue su capacidad para tomar grandes textos de la literatura clásica y trasladarlos al escenario de la realidad política argentina. Luego de la repercusión alcanzada con Don Quijote, el artista se abocó a ilustrar El Matadero, de Esteban Echeverría.

A través de aquella producción, la brutalidad que atravesaba el matadero del siglo XIX dejó de pertenecer únicamente al pasado y adquirió una nueva dimensión: las escenas de violencia parecían anticipar, de manera estremecedora, el sufrimiento y la crueldad ejercida sobre los cuerpos de la sociedad argentina contemporánea.

Después de El Matadero, Carlos Alonso emprendió proyectos de gran envergadura inspirados en La Divina Comedia, de Dante Alighieri; Martín Fierro, de José Hernández; y diferentes relatos de Franz Kafka. Tanto los escenarios infernales imaginados por Dante como los mundos opresivos y absurdos de Kafka le ofrecieron recursos simbólicos para expresar su mirada crítica sobre el cinismo del poder, el peso asfixiante de la burocracia y la violencia convertida en mecanismo institucional.

El artista Guillermo Roux resumió así su admiración por Alonso: "Pintar con Alonso es dialogar con una potencia de la naturaleza. Posee una lucidez deslumbrante en el trazo. Compartir el trabajo con Alonso no significaba entrar en una disputa artística, sino participar de una experiencia marcada por la vitalidad, la libertad y la espontaneidad. Carlos poseía, según Roux, una cualidad excepcional: podía tomar el sufrimiento propio de una época y convertirlo en una expresión de dignidad capaz de resistir al paso del tiempo."

Durante los años 60, Alonso terminó de desarrollar y afianzar su conocida serie Carnicería. En esas obras, los cuerpos de carne suspendidos de los ganchos excedían ampliamente su sentido literal: se transformaban en una representación de la vida convertida en mercancía, de la violencia colectiva y de la explotación del ser humano por sus semejantes.

"El dibujo nunca fue para mí un adorno ni un mero ejercicio estético: fue la única herramienta que encontré para no volverme loco ante la violencia del mundo", solía decir.

"La lección de anatomía", la tragedia personal y el exilio

Entre el cierre de la década de 1960 y los primeros años de la siguiente, Carlos Alonso llevó su producción a un punto de máxima intensidad y dramatismo con La lección de anatomía, una serie inspirada en la célebre pintura homónima de Rembrandt.

En esta reinterpretación, el artista estableció un vínculo entre la escena creada por el maestro neerlandés y las fotografías del cadáver del Che Guevara tomadas en Vallegrande. De este modo, la tradicional enseñanza de la anatomía dejó de plantearse como un estudio exclusivamente médico o científico y pasó a adquirir una dimensión política: se convirtió en una autopsia simbólica sobre el cuerpo del militante y, al mismo tiempo, en una reflexión acerca de la posición de una sociedad que observa, casi como espectadora, las imágenes de la barbarie.

La instauración del Terrorismo de Estado significó un quiebre devastador en la vida personal y artística de Carlos Alonso. Luego del golpe militar de 1976, y frente a la censura que comenzó a pesar sobre su obra, el pintor debió abandonar el país y partir al exilio junto a su familia, instalándose en Roma. Poco después, en junio de 1977, la tragedia alcanzó directamente a su familia: su hija Paloma fue secuestrada y desaparecida en Buenos Aires por la dictadura militar.

La pérdida y el dolor provocados por aquel hecho irreversible transformaron profundamente su producción artística. Sin dejar de pintar, Alonso canalizó esa experiencia traumática mediante su obra y encontró en la serie "Manos Anónimas" (1981) una manera de convertir el sufrimiento personal en una representación artística de la tragedia.

Realizadas mediante una combinación de pastel, acrílico e instalaciones, estas piezas de enorme intensidad emocional presentan un universo atravesado por presencias que no pueden verse, botas que representan la opresión, cuerpos cubiertos y rostros privados de voz.

A través de esas imágenes, Alonso dejó plasmado el horror asociado a los campos de concentración y el vacío provocado por la desaparición forzada de miles de personas. Con el paso del tiempo, "Manos Anónimas" se convirtió en una obra fundamental para la construcción de la memoria y la identidad dentro del arte latinoamericano.

Retorno y retiro en Unquillo

Con el retorno de la democracia en 1981, Carlos Alonso regresó al país y eligió Unquillo, Córdoba, como el lugar donde establecería su residencia permanente. En medio del paisaje serrano levantó su casa y taller, un refugio apartado y tranquilo que se convirtió en el escenario desde el cual mantuvo una dedicación constante a la pintura.

Durante esta etapa final de su trayectoria, la ausencia de su hija Paloma continuó atravesando su vida como una herida que nunca terminó de cerrarse. Sin embargo, esa experiencia convivió con una transformación en su producción: sus obras comenzaron a adquirir un carácter más sereno, poético y orientado hacia la introspección.

Alonso dedicó parte de su producción a realizar retratos de figuras que admiraba y que fueron fundamentales para su formación artística y literaria, entre ellas Vincent van Gogh, Spilimbergo, Auguste Renoir y Cézanne. Con estas representaciones, el pintor estableció una conexión simbólica con una tradición de artistas para quienes la creación no era solamente una práctica estética, sino también una manera de sostenerse y resistir frente a las adversidades.

Durante sus últimos años de vida, lejos de retirarse de la escena pública, siguió presentando sus obras y formando parte de las discusiones del ámbito cultural. Su casa-taller en Córdoba terminó convirtiéndose en un punto de encuentro y referencia para nuevas generaciones de artistas, intelectuales y críticos provenientes de distintos lugares de América Latina.

Para Luis Felipe Noé, la obra de Carlos Alonso alcanzaba una dimensión excepcional: "Carlos Alonso es el dibujo hecho carne. Ningún artista argentino de nuestra generación ha sabido retratar con tal contundencia y destreza técnica las vísceras y la conciencia social de nuestra patria. Su dibujo no ilustra la realidad: la desnuda."

A los 97 años, Carlos Alonso deja una trayectoria artística atravesada por la intensidad de sus trazos, las figuras de carne desgarrada que recorren sus pinturas, la expresión atormentada de su Quijote y la huella permanente de su hija Paloma, evocada en la serie "Manos Anónimas". Todo ese legado queda incorporado de manera perdurable a la historia del arte y de la pintura universal.

Así lo describía Mercedes Sosa, quien encontraba en la pintura de Alonso una fuerza semejante a la de una canción de protesta entonada en la oscuridad: "Alonso pinta como se canta un poema de protesta en medio de la noche: con la voz rasgada pero sin aflojar jamás. Sus cuadros son la voz de los que no están y el abrazo que nos consuela a todos."

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