Emigrar significa dejar atrás la familia, los afectos y la vida conocida para comenzar de cero en un lugar distinto. Eso hizo Lucas Castillo, el jujeño que vendió su moto, armó un bolso y viajó a Río de Janeiro sin trabajo asegurado, pero con la decisión de construir una nueva oportunidad lejos de casa.
Antes de emigrar, había trabajado como preventista y recorría localidades como San Pedro, Yuto, Fraile Pintado y Libertador General San Martín. Disfrutaba el contacto directo con las personas, pero sentía que necesitaba probar suerte en otro lugar.
“Si tuve la capacidad de conseguir trabajo en Argentina, pensé por qué no podía explorar esa misma energía en otro país” “Si tuve la capacidad de conseguir trabajo en Argentina, pensé por qué no podía explorar esa misma energía en otro país”
Una de las historias que recuerda de esa etapa es la forma en la que consiguió una entrevista laboral. Se presentó en una empresa y aseguró que tenía una reunión con el jefe, aunque en realidad solo quería entregar su currículum.
Volvió al día siguiente, insistió nuevamente y finalmente logró ser recibido. Luego de varias entrevistas consiguió el puesto.
Para Lucas, esa actitud fue una muestra de que, en determinados momentos, es necesario animarse y ser insistente.
“Hace falta un poco de caradurez en la vida, en el buen sentido. Hay que ser intrépido” “Hace falta un poco de caradurez en la vida, en el buen sentido. Hay que ser intrépido”
Esa experiencia le dio confianza para tomar una decisión más grande: probar suerte fuera del país.
Vendió su moto para poder viajar
Antes de partir, Lucas vendió su motocicleta para reunir dinero. La decisión no fue sencilla porque el vehículo tenía un gran valor personal y era parte de su vida cotidiana en Jujuy.
“Vender una moto es como vender una parte del cuerpo” “Vender una moto es como vender una parte del cuerpo”
Aun así, utilizó el dinero para financiar el viaje. Su plan inicial era conocer diferentes lugares y no descartaba viajar en el futuro hacia otros países. Río de Janeiro iba a ser, en principio, una parada.
La ciudad no era completamente desconocida para él. Años atrás había viajado a Brasil como misionero y había aprendido parte del idioma mediante libros religiosos, canciones y la imitación de diferentes acentos.
Cuando regresó, lo hizo con otra mirada y con el objetivo de construir una vida independiente.
“Si no teníamos trabajo, nuestro trabajo era buscar trabajo”
Al llegar a Río de Janeiro se alojó junto a un amigo. Durante los primeros días utilizó parte de sus ahorros para recorrer la ciudad, pero sabía que debía encontrar rápidamente una fuente de ingresos.
Había realizado un curso de barista y su primera intención era trabajar en una cafetería. Recorrió diferentes locales, dejó sus datos y preguntó por posibles vacantes, aunque no recibió una respuesta inmediata.
“Yo le dije a mi amigo que, si no teníamos trabajo, nuestro trabajo era buscar trabajo”, recordó.
La oportunidad apareció mientras caminaba por la playa. Un hombre le ofreció presentarse al día siguiente para trabajar. Aunque no era el puesto que había imaginado, aceptó la propuesta y comenzó a ofrecer caipiriñas a los turistas.
Al principio sintió temor porque no sabía cómo reaccionaría la gente frente a su manera de hablar y trabajar. Sin embargo, pronto empezó a utilizar su personalidad, su humor y su facilidad para comunicarse como herramientas.
Encontró su lugar en la playa
Durante sus primeras jornadas observó cómo trabajaban los demás y comenzó a desarrollar su propio estilo. Además de ofrecer las bebidas, conversaba con los turistas, les recomendaba lugares para visitar y compartía datos sobre Río de Janeiro.
Su conocimiento del portugués también fue fundamental para integrarse. Lucas contó que desde adolescente escuchaba y repetía palabras, algo que le permitió aprender distintos acentos y adaptarse con mayor facilidad.
Con el tiempo, incorporó música, la bandera argentina y camisetas de Gimnasia de Jujuy. Así construyó una identidad propia en una playa donde conviven trabajadores brasileños, argentinos, chilenos y personas de otros países.
“Me encanta hablar, conocer a la gente y compartir la cultura. También me gusta ayudar a quien llega a Río para que le vaya bien”, expresó.
Emigrar no es solamente escapar
Lucas sostuvo que irse de un país no garantiza que todos los problemas desaparezcan. Para él, emigrar implica volver a empezar, asumir riesgos y estar dispuesto a aceptar trabajos diferentes a los imaginados.
También cuestionó la idea de que solo se puede cambiar de vida a los 18 o 20 años. Él se fue a los 26 y considera que no existe una edad exacta para comenzar un nuevo proyecto.
“Emigrar es empezar todo de cero. No se trata solamente de escapar de una situación económica, sino de volver a dibujar tu vida”, reflexionó.
Dos años después de su llegada, regresó temporalmente a Jujuy con una historia marcada por la búsqueda de oportunidades, la adaptación y el deseo de seguir conociendo nuevos lugares.
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