En el Día del Inmigrante, Nina Echavarría Schunke, de Perú; Rossana Molero, de Venezuela; y Estela Gómez Sánchez, de Paraguay, compartieron sus historias de llegada a Jujuy desde sus respectivos países. El amor, la necesidad de comenzar de nuevo y la búsqueda de un lugar donde construir una vida atraviesan tres experiencias diferentes que terminaron encontrándose en la provincia.
Detrás de cada migración hay una historia particular. Para algunas, Jujuy apareció de la mano de una relación amorosa; para otras, fue el destino elegido frente a una realidad que se había vuelto cada vez más difícil en su país de origen. En las tres experiencias permanecen, sin embargo, los recuerdos, las costumbres, los sabores y los vínculos con la tierra en la que nacieron.
Estela: de Paraguay a Jujuy, una historia atravesada por el amor
Estela Gómez Sánchez salió de Paraguay cuando tenía 18 años. Durante la entrevista recordó una juventud marcada por el contexto político de su país y por su deseo de dedicarse a la danza, una vocación que comenzó a desarrollar prácticamente a escondidas.
“Mi historia es muy larga, pero el amor también me hizo llegar a Jujuy”, resumió al comenzar su relato.
Desde pequeña quería convertirse en bailarina botellera y sostuvo esa pasión incluso en tiempos en los que, según relató, expresiones culturales como el uso del guaraní estaban restringidas. “Mi mamá me decía: ‘pero hija, dejá eso, es peligroso’. Y no, yo seguía, seguía escondida”, recordó.
Su historia con Jujuy comenzó mucho antes de instalarse definitivamente. Conoció a quien sería su esposo cuando ambos eran muy jóvenes, durante uno de los viajes de él a Paraguay. Primero fueron juegos, luego cartas y encuentros separados por largos períodos. Con el paso de los años, aquella relación terminó convirtiéndose en una vida compartida: contó que llevan 38 años de casados.
Estela también conserva una fuerte conexión con su identidad paraguaya. El idioma, la danza y sus raíces forman parte de una historia que continuó en el norte argentino y que, después de décadas, encontró en Jujuy un lugar propio.
Nina: un amor que comenzó por chat y terminó en Jujuy
La historia de Nina Echavarría Schunke empezó a tomar forma a miles de kilómetros de distancia y a través de una computadora. En 2004 comenzó a conversar por chat con un jujeño. Primero hubo amistad y confianza; después llegó la decisión de conocerse personalmente.
En 2005 viajó a Jujuy acompañada por su madre y, un año después, se casó. “Fue por amor también”, contó al recordar aquella etapa.
Nina nació en Tarma, en el departamento peruano de Junín, y pasó buena parte de su vida en la zona de Chanchamayo. Al llegar al norte argentino encontró paisajes que le resultaron familiares. “Los climas y todas las regiones de acá se asemejan a mi país, a donde yo nací”, explicó, al comparar la geografía andina y de selva de Perú con distintos ambientes jujeños.
La gastronomía se convirtió además en una forma cotidiana de mantener viva su cultura. Lomo saltado, ají de gallina, ceviche, arroz con mariscos y papas a la huancaína son algunos de los platos que continúa preparando en su casa. Entre bromas, contó que al momento de decidir qué cocinar la mayoría peruana de la familia suele imponerse: “Éramos tres peruanos y un jujeño, entonces ya saben quién ganó”.
Así, su vida en Jujuy fue combinando dos lugares: el país que dejó y la provincia en la que construyó una nueva familia.
Rossana: dejar Venezuela y empezar otra vez con sus hijos
La llegada de Rossana Molero tuvo un origen diferente. Es oriunda de Valera, estado Trujillo, en la región de los Andes venezolanos, y llegó a Jujuy en 2018 junto a sus hijos.
La decisión estuvo vinculada con el deterioro de las condiciones de vida que, según relató, atravesaba Venezuela. Primero viajó uno de sus hijos y tres meses después llegó ella. Recordó que la falta de alimentos y medicamentos obligaba incluso a trasladarse hasta Colombia para conseguir productos básicos.
Dejar atrás a su madre, su familia y su país fue una de las decisiones más difíciles. Con el paso de los años, sin embargo, encontró en Jujuy una nueva comunidad. “Ya son ocho años de que llegamos y feliz. Feliz porque me encontré con gente muy buena, muy dada”, expresó.
El arraigo construido en la provincia no elimina la nostalgia. Al hablar de Venezuela, Rossana mencionó sus paisajes, las playas y, principalmente, los afectos que quedaron lejos.
“Primero y principal, extraño a mi familia, extraño a mi gente, extraño a mi país, extraño mis playas”, dijo, antes de nombrar lugares como Isla de Margarita y Los Cayos.
Tres formas de llegar y una misma provincia para empezar de nuevo
Las experiencias de Estela, Nina y Rossana muestran que no existe una única historia detrás de quien deja su país. Una llegó impulsada por un amor que comenzó durante la adolescencia; otra atravesó fronteras después de conocer a un jujeño a través de internet; la tercera tomó la decisión de partir junto a sus hijos ante una situación que hacía cada vez más difícil permanecer en Venezuela.
Paraguay, Perú y Venezuela siguen presentes en sus idiomas, sus comidas, sus recuerdos y sus familias. Jujuy, mientras tanto, se convirtió con los años en el escenario de una segunda parte de esas historias: un lugar en el que pudieron construir vínculos, sostener sus raíces y comenzar otra vez.
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