La siesta: la ciencia afirma que es una necesidad biológica

La ciencia avala la siesta porque luego de dormir 8 horas, el cuerpo necesita otro intervalo de descanso no mayor a 30 minutos.
Por  María Cecilia Ibañez

Los sueños cortos y superficiales, durante el transcurso de la jornada de actividades, pueden ser reparadores y placenteros y una muestra de rebeldía, pero sobre todo te vuelven más productivo y mejora la salud. Bondades de la siesta.

Miguel Ángel Hernández (Murcia, España. 1977) estuvo como investigador en una universidad estadounidense, es un experto “siestero” y acaba de publicar un libro donde reflexiona y defiende esta forma de dormir.

Hacer la siesta es la resistencia. “Un acto de resistencia es todo aquel que contraviene una lógica hegemónica. Y esa lógica, en nuestros días, es el ‘aprovechamiento’ constante de todos los minutos del día. Aprovechar el día para producir lo máximo posible, pero incluso, cada vez más, para ‘gozar’, eso sí, del modo en que el sistema nos impone”, explica el autor.

La siesta serviría así para ir contra esa lógica y encontrarse a solas con uno mismo, volviendo a prestar atención al propio cuerpo y a los ritmos naturales. Dormir no solo como necesidad para recargar las pilas, sino como un placer.

Algunas empresas incluyen la siesta en sus lógicas productivas y registran aumentos en la productividad de los empleados.

La siesta científica

“Dentro de nuestro cerebro hay un pequeño grupo de células que son nuestro reloj biológico, es el núcleo supraquismático del hipotálamo”, expone el doctor Eduard Estivill, director de una clínica del sueño.

“Está programado para que, durante 24 horas, tengas dos momentos de necesidad de sueño”. La necesidad principal es la del sueño nocturno. Pero, unas ocho horas después de despertar, llega el otro momento de necesidad, un sueño corto que, ojo, no tiene que ver con haber comido, sino con estos ritmos corporales. Ese sueño es la siesta. No dormir la siesta puede incluso llegar a acortar nuestra vida, según explica el neurocientífico Matthew Walker en su libro “Por qué dormimos”.

Un equipo de investigadores de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard decidió cuantificar las consecuencias de dejar de dormir la siesta: las personas estudiadas durante un periodo de seis años que dejaban este sueño a mitad de la jornada elevaban su riesgo de muerte por enfermedad cardiovascular en un 37 por ciento. En el caso de los trabajadores, era de un 60 por ciento.

La ausencia de siesta contribuye también a la creciente falta de sueño. El mundo ya no se detiene después del almuerzo, los horarios de oficinas y establecimientos son continuos.

¿Por qué se duerme, o se dormía, la siesta en algunos países? “No es porque seamos unos holgazanes, es porque, culturalmente, en los países latinos siempre escuchamos las necesidades de nuestro cuerpo”, dice el doctor Estivill.

La siesta perfecta

Como se trata de un sueño corto y superficial, se puede dormir la siesta hasta en un sillón, por ejemplo.

En cualquier caso, “es importante que la siesta no sea un sustituto del sueño nocturno”, dice el doctor Estivill, “y que no se alargue demasiado: dormir es como ir bajando peldaños de una escalera y si se duerme más de 20 minutos, 30 como máximo, podemos entrar en fases de sueño profundo”.

Si te pasas de horas se producen despertares pesados, pesadillas inquietantes, un regreso accidentado a la realidad.

La experiencia de la pandemia, que nos hace vivir más centrados en el hogar y más pendientes de nuestro cuerpo, ¿puede revalorizar la fama de la siesta en nuestra sociedad? “Por un lado, sí, es tiempo de siestas”, dice Hernández.

“En este tiempo extraño, nuestro hogar se hizo más presente, igual que nuestra biología –nos concebimos todos como más frágiles–. Pero, por otro, existe el peligro de que el teletrabajo introduzca definitivamente los ritmos de la oficina y la pulsión productiva en el ámbito doméstico, y eso deshaga del todo nuestra intimidad, convirtiendo el tiempo que teníamos para nosotros en tiempo para los otros”.

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